Frederick Nietzche escribió una metáfora dolorosa que nos llega hasta hoy: “Dios ha muerto”.
“ Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella? Nietzsche, La gaya ciencia, sección 125
Dios no ha muerto; no, no lo hemos matado, pero sí observo que lo seguimos hiriendo, ya no con cuchillos sino con extrema y cotidiana hipocresía. La cristiandad está transitando una temblorosa crisis y, por ello, en los tiempos que vivimos se lo toma de manera muy liviana, de tal forma que la mayoría lo tiene como un “seguro de vida eterna”, como una idea, como concepto “cultural”. Se menciona la palabra “Dios” muchas veces en vano, sin respeto, sin amor. Dios ya no interesa por lo que ES sino por lo que pueda dar o cumplir. Interesa como Coordinador del coaching postmoderno, Jesucristo mediante. A veces se lo utiliza como puente para llegar a otras cosas a través del “Dios me dijo” o “siento que…”; deseos propios que, atrevidamente, suelen llamarse “visión”. Y este accionar vuelve insustancial a la fe. Hemos desaprendido a depender de Él, pues en uso de la libertad dada, nos alejamos de su poder, en una muestra de inconsciencia suprema, olvidando que podemos ser libres y, al mismo tiempo, depender de Dios. ¿El infierno, el cielo, la resurrección, vida eterna?. Han pasado a un segundo plano. ¿El infierno? “un estado del alma” donde la persona sufre la privación de Dios, dicen: el cristiano postmoderno está cada día más alejado de la búsqueda vital del conocimiento de Dios mediante Jesucristo.
La vida del mundo actual dado el avance de la tecnología, el internet y las comunicaciones, es muy diferente a la vivida 50 años atrás y no hay tiempo para pensar, creer o reflexionar sobre lo trascendental. La ciencia, como anunció el profeta Daniel ha aumentado (Dn. 12:4). Las exigencias de este tiempo corrompen e hipotecan el alma impidiendo el acercamiento a Dios, de tal manera que el estar congregado en la Iglesia no es garantía para vivir adecuadamente el cristianismo ni justifica la falta de crecimiento espiritual y, por lo tanto, el alejamiento de Él.
¿Por qué se da ese alejamiento que hiere el corazón de Dios? ¿Por qué nos cuesta vivir como peregrinos en esta tierra, con la principal ocupación de adorar a Dios? Pues porque nuestro ser interior no está inclinado ni rendido de manera COMPLETA al Todopoderoso; porque tenemos inmensas dudas, porque nos gusta la comodidad. Nos ocupamos más de los bienes terrenales que de la bondad y sus obras; somos en gran mayoría, cristianos nominales; no señalo hombres o mujeres en particular, ya que muchos/as se están levantando de sus sillas para salir de los templos, al descubrir la hipocresía y el espíritu corporativo del liderazgo que muestra la falta de coherencia entre lo que se dice y se practica.
La mayoría de las instituciones eclesiásticas tienen sus propias ambiciones y luchan por los dominios colectivo y dogmático. Y, así, debilitan la espiritualidad o, cuanto menos, la sujetan a su ánimo de conquista imperialista. En su mayoría no representan el ejemplo del Cristo ni la práctica del Sermón del Monte. Y las víctimas, como trofeos de caza, son los creyentes.
Los pocos que perciben la crisis fugan o se distancian o muestran desinterés cada día más de las instituciones eclesiásticas y quedan desparramados como ovejas sin pastor, sin guía, conformando los cristianos fugitivos del siglo XXI.
El Señor Jesús caminó entre los hombres y mujeres de su tiempo siguiendo la voluntad del Padre, sanó enfermos, hizo milagros, anunció el reino, los hizo libres del pecado y dio su vida por ello. Volvamos a esa pura doctrina de Cristo y mostremos un auténtico interés en Dios como Jesús lo hizo.
Vayamos a aquellos que han dejado la iglesia pero mostrando que le buscamos con ansia y temor en todo momento, orando sin cesar, tal como Jesús lo hizo. Todos deben ver que somos UNO con Él, de manera que podamos decir ·”Yo y el Padre somos uno” (Jn 10:30) y, así, los cristianos fugitivos retornarán a las filas del remanente.
Por el amor a Dios y Su Hijo, debemos reaccionar: !!Nuestros hechos deben proclamar a Dios!!! vivamos como cristianos verdaderos, día a día, haciendo la voluntad del Padre.
No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. (Mateo 7:21)