domingo, 7 de marzo de 2021

 


LAS DOS CARAS DE LA CRUZ (Parte II)


El éxito del apóstol Pablo


La vida de Pablo fue demostrativa de la vida de cruz; la cruz que testificaba Pablo era su propia experiencia la que añadía a su predicación.


Él no dijo sin temor “con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gál. 5:20) y dijo “Pero lejos esté´de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesuristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo” (Gál. 6:14).La mansedumbre, paciencia, debilidad, lágrimas, azote, todos éstos han demostrado la vida de cruz. Pablo murió cada día e hizo que la muerte en la cruz obrara en lo profundo de su ser; no tuvo temor a la muerte para que otros pudieran adquirir la vida a través de Él (2 Co. 4:12). Sólo el que muere puede dar la vida. Pero….¿cómo deberíamos morir?


La muerte en la cruz como la muerte del ego y del pecado es mucho más de lo que significa, así como la muerte en cuanto al mundo. El Señor no murió por su propio pecado sino que fue crucificado por otros. La muerte del Señor fue la obediencia en cuanto a la voluntad de Dios y este es el verdadero significado de la muerte; por consiguiente, nosotros no debemos disponernos sólo para morir por el pecado, el ego y el mundo sino morir para obedecer al Señor soportando cada día el rechazo de los pecadores; así, llegaremos a tener la verdadera experiencia de la santidad viendo la muerte de nuestro ego viviendo la vida del camino de la cruz haciendo que el Espíritu Santo obre en lo profundo de nuestro ser.


De muerte a vida.


Morimos en cuanto a la obra del viejo Adán pero vivimos cada día con la mentalidad de la cruz  al tomar la vida que fluye de aquélla: debemos demostrar en nuestra vida cotidiana la mente de Jesús, quien toleró el sufrimiento


En 1 Pedro 2:23 dice:


“Quien cuando le maldecían no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”.


Pablo demostró a través de su propia vida el significado de la cruz y la vida que hay en el Señor Jesús


“LLevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2 Co.4:10).


Por eso dice que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados; derribados, pero no destruidos (2 Co. 8:9). Siempre hizo que la muerte de Jesús obre en su vida. Pablo en su predicación rehusó usar todo el talento que humanamente tenía y tomaba en su lugar, la mentalidad y actitud de la cruz. Por eso Dios lo usó de gran manera.


Es necesario que esperemos en el Señor para que Su Palabra nos renueve antes de predicar o anunciar el evangelio. Aunque estamos cuados y perseguidos por falta de tiempo, el Señor igualmente nos puede grabar Su mensaje en nuestro espíritu.


miércoles, 3 de febrero de 2021

LAS DOS CARAS DE LA CRUZ.

El mensaje de Pablo


El tema del que hablaba Pablo fue la cruz del Cristo o el Cristo en la cruz; quizás no descuidemos predicar de la cruz, pero pese a que transmitimos correctamente el mensaje ¿por qué no llega la vida a los oyentes.


El apóstol dice: “y estuve entre vosotros con debilidad y mucho temor y temblor” (1 Co. 2:3); o sea que la característica de los que han sido crucificados es la humildad al considerarse incapaz con el temblor que proviene del temor y debilidad. No obstante, el que es crucificado, da todos los frutos de Gálatas 5: 22-23.


En Gálatas 2:20 dice: “ con Cristo estoy juntamente crucificado” y avanza: “en nuestro señor Jesucristo cada día muero” (1 Co. 15:31). Cada día debemos morir para poder anunciar la cruz, o sea, experimentar la muerte del ego sin la cual no puede fluir de nosotros esa vida lograda en la cruz. Resulta sencillo hablar de la cruz, pero someterse a esa cruz negándose a sí mismo, no es fácil: NO HAY PREDICADOR ADECUADO DEL MENSAJE DE LA CRUZ SI NO HA EXPERIMENTADO EN SU VIDA LA CRUZ.


Continúa diciendo Pablo que no fue con palabras sabias ni persuasivas con las que anunciaba la cruz (1 Co. 2:4). La cruz es la sabiduría de Dios y necedad a los incrédulos, por eso a veces recibimos la burla o murmuraciones al predicar de la cruz en forma correcta.


No debemos caer en la autosuficiencia creyendo que podemos manejar la audiencia con nuestra elocuencia. Y aunque muchos sean conmovidos en el momento por la transmisión de nuestros dichos ¿de qué sirven si nuestros oyentes no adquieren una nueva vida?, nuestro trabajo es en vano.


La cruz que anunciamos no debe ser un simple mensaje, sino que debe moverse a través de nosotros; debe llegar a ser nuestra propia vida y, al predicar de esa manera, podremos transmitir la vida a otros “porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (Jn. 6:55).


Debemos suministrar vida. No podemos dar a otro lo que no tenemos; si tenemos la idea es sólo la idea lo que daremos: si no hemos muerto junto a Cristo venciendo el pecado y el ego en nuestra vida cotidiana; si no hemos sufrido a causa de seguir al Señor llevando la cruz; si todos los conocimientos son adquiridos de los hombres sin vivirlos NO PODEMOS TRANSMITIR LA VIDA A OTRO. Sólo podremos predicar la cruz siempre que hayamos sido cambiados por la obra de la cruz recibiendo lo que ella da: la vida.


Generalmente interpretamos la palabra “obrar” (hacer) como hacer todo lo posible llevando a la práctica lo que hemos oído y entendido, pero, sin embargo, la palabra “obrar” en la Biblia no se refiere a lo hecho por nuestro esfuerzo sino por el Espíritu Santo que obra en nosotros a través de la Palabra y esto no es una obra sino la vida. Por lo tanto, uno puede obrar sólo poseyendo la vida. El hecho que hayamos guardado algunas leyes que marca la Biblia, no significa que hayamos hecho lo que la Biblia nos manda a obrar: debemos hacer en compañía del Espíritu Santo, divulgando la vida en otros


(continuará)

 

lunes, 1 de febrero de 2021

 

LAS DOS CARAS DE LA CRUZ.



INTRODUCCIÓN


                          Hoy en día hay muchas predicaciones sobre la cruz, pero pareciera que el mensaje que fluye de la misma cruz se enrarece.


                         Los cristianos conocemos, entendemos y hasta enseñamos sobre el camino de la salvación, el secreto de morir junto a Cristo y de la fe por la cual el poder del Cristo se manifiesta muriendo al pecado y a nuestro ego. Los que hablamos de la cruz del Cristo sentimos que el corazón de los creyentes es tocado por lo que oyen y esperamos ver, en los incrédulos, frutos de vida al anunciar el evangelio y, en los creyentes, un fructífero crecimiento espiritual. Sin embargo, muchas veces el resultado no es el que se espera, pues los creyentes no muestran frutos espirituales, pues todo lo que han oído lo guardan en sus mentes sin llevarlo a la práctica; acumulan los datos de la Palabra pero no son influenciados por ella.


¿Qué es lo que pasó? ¿Cuál es la causa de este resultado? La causa evidente es que lo que predicamos son dichos o ideas, no el poder del Cristo que penetra el corazón de los oyentes. Puede que nuestras palabras sean elocuentes, pero no está presente en nosotros el poder que cambia nuestra vida. Podemos atraer y mantener la atención de los oyentes, pero como el Espíritu Santo no está en nosotros, sólo las palabras salen de nuestros labios pero la vida que vivifica y alimenta a los que oyen no. 


                                   ¿Cuántas veces pensamos que los creyentes entienden el significado y razón de la muerte redentora del Cristo en la cruz? Sin embargo, cuesta ver en ellos la obra de la gracia de Dios hacia una nueva vida.


                               Quizás hasta podamos hablarles acerca de nuestra muerte junto a Cristo en la cruz y, al ser clara la enseñanza, algunos toman la decisión inmediata de morir junto al Cristo para experimentar una vida en contra del pecado, pero pasado el tiempo, es difícil encontrar en ellos la vida abundante.


  Causa angustia ver la insuficiencia del resultado de la prédica de la cruz, por lo que sólo nos queda buscar la luz abundante de Dios y arrodillarnos en humildad, rogando que sea manifiesto el Espíritu Santo junto por la gracia del Señor.