jueves, 25 de junio de 2020


EL CRISTIANO Y LA POLITICA

La política y el Evangelio son dos caras complejas de una misma moneda, dos respuestas frente a la pérdida de identidad de nuestra sociedad que pretenden, cada una a su manera, transformar, cambiar, la mentalidad y, por ende las prácticas sociales. Y sea cual sea la cara en que nos ubiquemos, siempre estaremos en relación directa con experiencias vividas en el ámbito social. Entonces ¿cuál es la respuesta que debiera dar la iglesia cristiana evangélica ante los conflictos sociales?; ¿puede un cristiano intervenir en política? ¿No debiera el cristiano junto a su iglesia ocuparse únicamente de la salvación de las almas y abstenerse de participar en cuestiones económicas, sociales y políticas?

Aquí debemos hacer una distinción. Un cristiano comprometido con el Evangelio de Paz (ordenado al servicio ministerial de Dios a tiempo completo) no puede intervenir en cuestiones políticas, sociales o económicas -salvo, claro está, que renuncie al ministerio eclesiástico-, ni apoyar una opción partidaria ya que su vida está al servicio de la iglesia y de Dios; tampoco debería hablar públicamente de aquéllas bajo el riesgo de causar división entre los fieles ni guardar silencio ante situaciones de injusticia y opresión. Solo debe pregonar el Evangelio a través de seguir a Cristo con su vida.

Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo (Filipenses 3:8)

Sin embargo, un cristiano no ordenado sí puede identificarse y militar en un partido político según su conciencia y prestar un servicio a Dios a través de las actividades que desarrolle con su militancia partidaria o en el gobierno.

La falta de distinción anterior y la ignorancia sobre las Escrituras ha llevado a que cristianos ordenados aceptaran participar en partidos políticos o asumieran funciones directivas en un determinado gobierno manteniendo al mismo tiempo su función pastoral en la iglesia, olvidando, así, la enseñanza del Maestro

Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo (Jn. 6:15)

Si la iglesia y sus guías luchan pacíficamente contra los poderes políticos y económicos que oprimen al hombre y su espíritu, la participación política de los consagrados al ministerio, rompe el equilibrio entre el poder espiritual y el temporal causando daño irreparable al descuidar las ovejas. Nadie puede servir a dos amos.

Pero volvamos a los cristianos que sí pueden participar en política. En este siglo XXI se ha avanzado en las maneras de participación civil en la cosa pública y hoy todos, cristianos o no, pueden contribuir a determinar el rumbo que se le quiera imprimir a la sociedad; sin embargo, aquellos con conciencia cristiana tienen una responsabilidad mayor en todos los niveles, para influir conforme los altos valores de dicha conciencia, en este orden temporal, por lo cual el cristiano debe participar en actividades económicas, políticas, sociales y culturales promoviendo la justicia, la paz, la igualdad, etc. Es que nos encontramos ante un proceso cultural globalizado altamente conflictivo y, en algunos casos insensible ante ataques a la vida; por lo tanto, no podemos tomar el rol de simples espectadores: si no participamos activamente como “sal y luz” ésta y las futuras generaciones serán guiadas hacia condiciones de vida cada vez más inhumanas. Ahora bien, para participar hay que elegir entre las plataformas políticas que sean compatibles con la fe y moral cristianas y no todas lo son ni tienen el mismo valor. He aquí la importancia de ser “sal y luz”: tenemos la obligación generar actividades dentro del contexto que nos toca diariamente vivir a fin de pronunciar juicios sobre las realidades económicas, sociales y políticas según nuestra fe y ética cristianas; vayan como ejemplo el proyecto de ley en materia de aborto que atenta contra el derecho a la vida desde la concepción, o la lucha contra las modernas formas de esclavitud como la trata de blanca, la narcocriminalidad, la prostitución.

El cristiano, reitero y concluyo, debe participar en política pero manteniendo siempre como norte la “regla de oro”

“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también hace vosotros con ellos; porque estos es la ley y los profetas” (Mateo 7:12)

 y esto no es fácil, ya que en muchas ocasiones no se ha actuado a favor de los pobres y oprimidos manteniendo el “status quo” y la injusticia al participar en gobiernos o partidos políticos puestos claramente del lado de los opresores. Dios no aprueba un sistema jurídico injusto

Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis;  pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores” (Sgo. 2:8-9)
“No harás injusticia en el juicio; ni complaciendo al pobre, ni favoreciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv. 19:15)

Por eso, al momento de apoyar a un determinado partido político debemos valorar si estamos poniendo en práctica la cosmovisión correcta o si somos herramientas de componendas políticas para arrastrar al pueblo de Dios a batallas públicas que pueden comprometer la naturaleza del Evangelio  y al pueblo de Dios.

“Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto”. (Ro.12:2)

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