EL CRISTIANO Y LA POLITICA
La política y el Evangelio son dos
caras complejas de una misma moneda, dos respuestas frente a la pérdida de
identidad de nuestra sociedad que pretenden, cada una a su manera, transformar,
cambiar, la mentalidad y, por ende las prácticas sociales. Y sea cual sea la
cara en que nos ubiquemos, siempre estaremos en relación directa con
experiencias vividas en el ámbito social. Entonces ¿cuál es la respuesta que
debiera dar la iglesia cristiana evangélica ante los conflictos sociales?;
¿puede un cristiano intervenir en política? ¿No debiera el cristiano junto a su
iglesia ocuparse únicamente de la salvación de las almas y abstenerse de
participar en cuestiones económicas, sociales y políticas?
Aquí debemos hacer una distinción. Un
cristiano comprometido con el Evangelio de Paz (ordenado al servicio
ministerial de Dios a tiempo completo) no puede intervenir en cuestiones
políticas, sociales o económicas -salvo, claro está, que renuncie al ministerio
eclesiástico-, ni apoyar una opción partidaria ya que su vida está al servicio
de la iglesia y de Dios; tampoco debería hablar públicamente de aquéllas bajo
el riesgo de causar división entre los fieles ni guardar silencio ante
situaciones de injusticia y opresión. Solo debe pregonar el Evangelio a través
de seguir a Cristo con su vida.
Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia
del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido
todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo (Filipenses 3:8)
Sin embargo, un cristiano no ordenado
sí puede identificarse y militar en un partido político según su conciencia y
prestar un servicio a Dios a través de las actividades que desarrolle con su
militancia partidaria o en el gobierno.
La falta de distinción anterior y la
ignorancia sobre las Escrituras ha llevado a que cristianos ordenados aceptaran
participar en partidos políticos o asumieran funciones directivas en un
determinado gobierno manteniendo al mismo tiempo su función pastoral en la
iglesia, olvidando, así, la enseñanza del Maestro
Pero entendiendo Jesús
que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al
monte él solo (Jn. 6:15)
Si la iglesia y sus guías luchan pacíficamente
contra los poderes políticos y económicos que oprimen al hombre y su espíritu,
la participación política de los consagrados al ministerio, rompe el equilibrio
entre el poder espiritual y el temporal causando daño irreparable al descuidar
las ovejas. Nadie puede servir a dos amos.
Pero volvamos a los cristianos que sí
pueden participar en política. En este siglo XXI se ha avanzado en las maneras
de participación civil en la cosa pública y hoy todos, cristianos o no, pueden
contribuir a determinar el rumbo que se le quiera imprimir a la sociedad; sin
embargo, aquellos con conciencia cristiana tienen una responsabilidad mayor en
todos los niveles, para influir conforme los altos valores de dicha conciencia,
en este orden temporal, por lo cual el cristiano debe participar en actividades
económicas, políticas, sociales y culturales promoviendo la justicia, la paz, la
igualdad, etc. Es que nos encontramos ante un proceso cultural globalizado
altamente conflictivo y, en algunos casos insensible ante ataques a la vida;
por lo tanto, no podemos tomar el rol de simples espectadores: si no
participamos activamente como “sal y luz” ésta y las futuras generaciones serán
guiadas hacia condiciones de vida cada vez más inhumanas. Ahora bien, para
participar hay que elegir entre las plataformas políticas que sean compatibles
con la fe y moral cristianas y no todas lo son ni tienen el mismo valor. He
aquí la importancia de ser “sal y luz”: tenemos la obligación generar
actividades dentro del contexto que nos toca diariamente vivir a fin de
pronunciar juicios sobre las realidades económicas, sociales y políticas según
nuestra fe y ética cristianas; vayan como ejemplo el proyecto de ley en materia
de aborto que atenta contra el derecho a la vida desde la concepción, o la
lucha contra las modernas formas de esclavitud como la trata de blanca, la
narcocriminalidad, la prostitución.
El cristiano, reitero y concluyo,
debe participar en política pero manteniendo siempre como norte la “regla de
oro”
“Así que, todas las
cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también hace vosotros
con ellos; porque estos es la ley y los profetas” (Mateo 7:12)
y esto no es fácil, ya que en muchas ocasiones
no se ha actuado a favor de los pobres y oprimidos manteniendo el “status quo”
y la injusticia al participar en gobiernos o partidos políticos puestos
claramente del lado de los opresores. Dios no aprueba un sistema jurídico
injusto
“Si
en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo, bien hacéis; pero
si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley
como transgresores” (Sgo. 2:8-9)
“No
harás injusticia en el juicio; ni complaciendo al pobre, ni favoreciendo al
grande; con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv. 19:15)
Por eso, al momento de apoyar a un
determinado partido político debemos valorar si estamos poniendo en práctica la
cosmovisión correcta o si somos herramientas de componendas políticas para
arrastrar al pueblo de Dios a batallas públicas que pueden comprometer la
naturaleza del Evangelio y al pueblo de
Dios.
“Y no os adaptéis a
este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que
verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y
perfecto”. (Ro.12:2)
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